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Biografía de San Juan Diego Cuauhtlatoatzin
"El águila que habla" (1474-1548)
PBRO.
DR. EDUARDO CHÁVEZ SÁNCHEZ
Postulador para la Causa de Canonización de Juan Diego
y
Rector de la "Universidad Católica Lumen Gentium"
del Arzobispado de México
Introducción
Juan
Diego Cuauhtlatoatzin1 fue el vidente en las Apariciones de Nuestra Señora
de Guadalupe, que tuvieron lugar del 9 al 12 de diciembre
de 1531. A este importante evento se le conoce como el Acontecimiento
Guadalupano.
Juan
Diego, de la etnia indígena de los chichimecas, nació
en torno al año 1474, en Cuauhtitlán, en el
barrio de Tlayácac, región que pertenecía
al reino de Texcoco; fue bautizado por los primeros franciscanos,
en torno al año de 1524.2
En el tiempo de las Apariciones, Juan Diego era un hombre
maduro, como de unos 57 años de edad, y tenía
apenas dos años de viudo ya que su mujer María
Lucía había muerto en 1529.
Juan
Diego era profundamente piadoso, acudía todos los sábados
y domingos a Tlaltelolco, un barrio de la Ciudad de México,
donde aún no había convento, pero sí
una llamada "doctrina", donde se celebraba la Santa
Misa y se conocían "las cosas de Dios que les
enseñaban sus amados sacerdotes"; para esto, tenía
que salir muy temprano del pueblo de Tulpetlac, que era donde
en ese momento vivía, y caminar hacía el sur
hasta bordear el cerro del Tepeyac.
El
sábado 9 de diciembre de 1531 sería un día
muy especial, pues al pasar a lo largo de la colina del Tepeyac,
escuchó que provenía de ella un maravilloso
canto y una dulce voz lo llamaba desde lo alto de la cumbre:
"Juanito, Juan Dieguito". Llegando a la cima, encontró
a una hermosa Doncella que estaba ahí de pie, envuelta
en un vestido reverberante como el sol. Hablando en perfecto
náhuatl, se presentó como la Madre de Ometéotl,
del único Dios de todos los tiempos y de todos los
pueblos, cuya voluntad era el que se levantara un templo en
aquel lugar para dar todo su amor a todo ser humano, por lo
que le pide que sea su mensajero para llevar su voluntad al
obispo.
Las
dificultades refuerzan y ayudan a profundizar la fe.
Juan
Diego se dirigió al obispo, fray Juan de Zumárraga,
y después de una larga y paciente espera, el indio
mensajero le comunicó todo lo que había admirado,
contemplado y escuchado, y le dijo puntualmente el mensaje
de la Señora del Cielo, la Madre de Dios, que le había
enviado y cual era su voluntad que se le erija un templo para,
desde ahí, dar todo su amor. El Obispo escuchó
al indio incrédulo de sus palabras, y reflexionando
sobre este extraño mensaje.
Juan Diego regresó al cerrillo ante la Señora del Cielo, y le
expuso cómo había sido su encuentro con el jefe de la Iglesia
en México. Juan Diego entendió que el obispo pensaba que le
mentía o que fantaseaba, y con toda humildad le dijo a la
Señora del Cielo que mejor enviara a algún noble o alguna
persona importante ya que él era un hombre de campo, un simple
cargador, una persona común sin importancia, y con toda
sencillez le dijo: Virgencita mía, Hija mía menor, Señora,
Niña; por favor dispénsame: afligiré con pena tu rostro, tu
corazón; iré a caer en tu enojo, en tu disgusto, Señora Dueña
mía"."3
La
Reina del Cielo escuchó con ternura y bondad, y con
firmeza le respondió al indio: ""Escucha,
el más pequeño de mis hijos, ten por cierto
que no son escasos mis servidores, mis mensajeros, a quien
encargue que lleven mi aliento, mi palabra, para que efectúen
mi voluntad; pero es necesario que tú, personalmente,
vayas, ruegues, que por tu intercesión se realice,
se lleve a efecto mi querer, mi voluntad. Y mucho te ruego,
hijo mío el menor, y con rigor te mando, que otra vez
vayas mañana a ver al Obispo. Y de mi parte hazle saber,
hazle oír mi querer, mi voluntad, para que realice,
haga mi templo que le pido. Y bien, de nuevo dile de qué
modo yo, personalmente, la siempre Virgen Santa María,
yo, que soy la Madre de Dios, te mando"."4
Así
que al día siguiente regresó ante el obispo
para nuevamente darle el mensaje de la Virgen y el Obispo
le pide una señal que confirme su mensaje. Juan Diego
al regresar abatido a su casa se encuentra con que su tío
se encuentra gravemente enfermo y ante la eminente muerte
le pide a su sobrino que vaya a la Ciudad de México
para que buscara un sacerdote para que le diera los últimos
auxilios, así que el 12 de diciembre, muy de mañana
Juan Diego corrió hacia el convento de los franciscanos
en Tlaltelolco, pero al acercarse al lugar donde se había
encontrado con la hermosa Doncella, reflexionó con
candidez, que era mejor desviar sus pasos por otro camino,
rodeando el cerro del Tepeyac por la parte Oriente y, de esta
manera, no entretenerse con Ella y poder llegar lo más
pronto posible al convento de Tlaltelolco, pensando que más
tarde podría regresar ante la Señora del Cielo
para cumplir con llevar la señal al Obispo.
Pero
María Santísima salió al encuentro de
Juan Diego y le dijo: ""¿Qué pasa,
el más pequeño de mis hijos? ¿A dónde
vas, a dónde te diriges?"".5
El indio quedó sorprendido, confuso, temeroso y avergonzado,
y le comunicó con turbación la pena que llevaba
en el corazón: su tío estaba a punto de morir
y tenía que ir por un sacerdote para que lo auxiliara.
María
Santísima escuchó la disculpa del indio con
apacible semblante; comprendía, perfectamente, el momento
de gran angustia, tristeza y preocupación que vivía
Juan Diego; y es precisamente en este momento en donde la
Madre de Dios le dirige unas de las más bellas palabras,
las cuales penetraron hasta lo más profundo de su ser:
""Escucha,
ponlo en tu corazón, Hijo mío el menor, que
no es nada lo que te espantó, lo que te afligió;
que no se perturbe tu rostro, tu corazón; no temas
esta enfermedad ni ninguna otra enfermedad, ni cosa punzante
aflictiva. ¿No estoy aquí yo, que soy tu madre?
¿No estás bajo mi sombra y resguardo? ¿No
soy yo la fuente de tu alegría? ¿No estás
en el hueco de mi manto, en el cruce de mis brazos? ¿Tienes
necesidad de alguna otra cosa?""6
Y la Señora del Cielo le aseguró: ""Que
ninguna otra cosa te aflija, te perturbe; que no te apriete
con pena la enfermedad de tu tío, porque de ella no
morirá por ahora. Ten por cierto que ya está
bueno"."7
Y
efectivamente, en ese preciso momento, María Santísima
se encontró con el tío Juan Bernardino dándole
la salud, de esto se enteraría más tarde Juan
Diego.
Juan Diego tuvo fe total en lo que le aseguraba María
Santísima, la Reina del Cielo, así que consolado
y decidido le suplicó inmediatamente que lo mandara
a ver al Obispo, para llevarle la señal de comprobación,
para que creyera en su mensaje.
La
Virgen Santísima le mandó que subiera a la cumbre
del cerrillo, en donde antes se habían encontrado;
y le dijo: ""Allí verás que hay variadas
flores: córtalas, reúnelas, ponlas todas juntas:
luego baja aquí; tráelas aquí, a mi presencia"."8
Juan
Diego inmediatamente subió al cerrillo, no obstante
que sabía que en aquel lugar no habían flores,
ya que era un lugar árido y lleno de peñascos,
y sólo había abrojos, nopales, mezquites y espinos;
además, estaba haciendo tanto frío que helaba;
pero cuando llegó a la cumbre, quedó admirado
ante lo que tenía delante de él, un precioso
vergel de hermosas flores variadas, frescas, llenas de rocío
y difundiendo un olor suavísimo; y comenzó a
cortar cuantas flores pudo abarcar en el regazo de su tilma.
Inmediatamente bajó el cerro llevando su hermosa carga
ante la Señora del Cielo.
María
Santísima tomó en sus manos las flores colocándolas
nuevamente en el hueco de la tilma de Juan Diego y le dijo:
""Mi hijito menor, estas diversas flores son la
prueba, la señal que llevarás al Obispo; de
mi parte le dirás que vea en ellas mi deseo, y que
por ello realice mi querer, mi voluntad; y tú ...,
tú que eres mi mensajero... en ti absolutamente se
deposita la confianza."9
Después
de un largo tiempo de espera pudo estar delante del Obispo,
y en cuanto lo oyó, comprendió que Juan Diego
portaba la prueba para convencerlo, para poner en obra lo
que solicitaba la Virgen por medio del humilde indio. Y en
ese momento, Juan Diego entregó la señal de
María Santísima extendiendo su tilma, cayendo
en el suelo las preciosas flores; y se vio en ella, admirablemente
pintada, la Imagen de María Santísima, como
se ve el día de hoy, y se conserva en su sagrada casa.
El Obispo Zumárraga, junto con su familia y la servidumbre
que estaba en su entorno, sintieron una gran emoción,
no podían creer lo que sus ojos contemplaban, una hermosísima
Imagen de la Virgen, la Madre de Dios, la Señora del
Cielo. La veneraron como cosa celestial. El Obispo "con
llanto, con tristeza, le rogó, le pidió perdón
por no haber realizado su voluntad, su venerable aliento,
su venerable palabra."10
Además, el obispo confirmó también la
salud del tío Juan Bernardino, quien declaró
que en ese presido momento a él también se le
había aparecido la Virgen, exactamente en la misma
forma como la describía su sobrino, y que la hermosa
Doncella le había dicho su nombre: LA PERFECTA VIRGEN
SANTA MARÍA DE GUADALUPE."11
Desde
ese momento Juan Diego proclamó el milagro y el mensaje
de Nuestra Señora de Guadalupe, un mensaje que proclamaba
la unidad, la armonía el inicio de una nueva vida.
Todos
contemplaron con asombro la Sagrada Imagen. "Y absolutamente
toda esta ciudad, sin faltar nadie, se estremeció cuando
vino a ver, a admirar su preciosa Imagen. Venían a
reconocer su carácter divino. Venían a presentarle
sus plegarias. Mucho admiraron en qué milagrosa manera
se había aparecido puesto que absolutamente ningún
hombre de la tierra pintó su amada Imagen."12
1
"Cuauhtlatoatzin", nombre indígena de Juan
Diego que significa "Águila que habla". Cfr.
CARLOS DE SIGÜENZA Y GÓNGORA, Piedad Heroica de
D. Fernando Cortés, Talleres de la Librería
Religiosa, segunda edición de "La Semana Católica",
México 1898, p. 31. También: XAVIER ESCALADA,
S. J., Ed. Enciclopedia Guadalupana, México 1997, T.
V.
2
"Testimonio del P. Luis Berrera Tanco", en Informaciones
Jurídicas de 1666, Traslado original del 14 de abril
de 1666, AHBG, Ramo Historia, f. 158r: "y habiéndose
Bautizado [Juan Diego] en el año de mil y quinientos
veinte y cuatro, que fue cuando vinieron los religiosos del
Señor San Francisco (de cuya feligresía era)
es constante haberse Bautizado de cuarenta y ocho años
de edad."
3
ANTONIO VALERIANO, Nican Mopohua, traducción del náhuatl
al castellano del P. Mario Rojas Sánchez, Ed. Fundación
La Peregrinación, México 1998, p. 38.
4 ANTONIO VALERIANO, Nican Mopohua, pp. 38-39.
5 ANTONIO VALERIANO, Nican Mopohua, p. 48.
6 ANTONIO VALERIANO, Nican Mopohua, p. 50.
7
ANTONIO VALERIANO, Nican Mopohua, p. 51.
8
ANTONIO VALERIANO, Nican Mopohua, p. 52.
9
ANTONIO VALERIANO, Nican Mopohua, p. 54.
10
ANTONIO VALERIANO, Nican Mopohua, p. 61.
11
ANTONIO VALERIANO, Nican Mopohua, p. 64.
12 ANTONIO VALERIANO, Nican Mopohua, pp.
66-67.
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Festividad:
9 de diciembre.
Fecha de beatificación:
9 de Abril de 1990 por Juan Pablo II en el Vaticano
(la ceremonia de confirmación tuvo lugar el 6 de mayo de 1990 en la ciudad de México).
Fecha de canonización:
31 de Julio de 2002 por Juan Pablo II
en la basílica de Nuestra Señora de Guadalupe (México).
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